jueves, 12 de junio de 2008

El Catolicismo es una religión pop



Corría el siglo III y el cristianismo se convertía en la religión oficial de la República Romana. En medio de los profundos cambios sociales que conllevaba esta medida, un humilde campesino se acercó a uno de los nuevos templos patrocinados por el Emperador Constantino II.
Un sacerdote cristiano, que se encontraba haciendo las labores cotidianas de la época (¿?) lo recibió.

SACERDOTE: Buenas tardes, hijo. ¿Lo puedo ayudar en algo?
CAMPESINO: Por supuesto, padre… Vengo porque me enteré de que el Cristianismo es la nueva religión de la República, y quería saber si yo podía seguir siendo pagano.

El padre frunció el entrecejo y luego respondió:

SACERDOTE: Por supuesto que puede seguirlo siendo… Digo, si no le importa ser condenado como hereje.
CAMPESINO: Depende, si voy a morir quemado en la hoguera, sí…
SACERDOTE: Eso es un problema entonces, hijo…

Dijo el sacerdote, y después se rascó la cabeza. El campesino, muy preocupado, le insistió.

CAMPESINO: Verá, sacerdote… El problema es que con los dioses que tengo me va muy bien: Saturno es el dios de la siembra, y Consus y Ops los dioses de la cosecha… ¡Tres Dioses! En cambio, en el cristianismo hay un solo Dios, y además tengo entendido que se ocupa de todo, y me preocupa que si tiene tantas cosas por hacer, no tenga tiempo para mis cosechas…
SACERDOTE: Entiendo… Es una preocupación válida, pero Dios escucha las plegarias de todos. Es un Dios misericordioso que le ama, le quiere, y envió a su hijo a dar la vida por nosotros… Claro, también puede enviarlo a sufrir una eternidad al infierno…
CAMPESINO: Ya. Mire, tengo entendido que en esta religión hay ángeles… ¿Será que ellos pueden ayudarme con mis cosechas?
SACERDOTE: Emmm… Tal vez deba consultar la Biblia; pero igual tengo entendido que el trabajo de ellos es algo así como mensajeros, así que no se haga ilusiones.
CAMPESINO: Entonces me dice que Dios tiene que ocuparse de todo el mundo, y los ángeles tampoco pueden ayudarme… Creo que es más negocio seguir en eso del paganismo.
SACERDOTE: ¡Hombre, no! Que apenas estamos comenzando con esta religión y no podemos estar quemando gente… al menos hasta la Edad Media.

El campesino, ignorando por completo las palabras del sacerdote, desinteresadamente comenzó a marchar hacia la puerta del templo; pero súbitamente el cura corrió tras él y lo detuvo.

SACERDOTE: Un momento… (Dijo, pensando muy bien sus palabras). ¿Qué le parece un Santo?
CAMPESINO: ¿Un Santo?
SACERDOTE: Sí. No es exactamente Dios. No es un ángel. Es alguien bueno, que le puede ayudar.
CAMPESINO: Pero, ¿ustedes no dicen que hay que adorar nada más a Dios?

El sacerdote quedó en silencio, pensando.

SACERDOTE: Sí, verá… (Dijo pausadamente) Es que estos “santos”, son como una especie de ayudantes que le comunican con Dios…
CAMPESINO: ¿Y no dijo que eso es lo que hacían los ángeles?
SACERDOTE: Sí, pero los Santos… son diferentes de los ángeles… porque… bueno… no tienen… alas.
CAMPESINO: Eso suena muy bien… Pero, igual me voy a ir por el paganismo. Es que me gusta eso de ir con la estatua, peregrinar con todos los campesinos… Es muy pintoresco.
SACERDOTE: Pues, fíjese qué casualidad… Con los Santos también se puede hacer eso. Si quiere puede peregrinar con él…
CAMPESINO: ¿Peregrinar con un Santo? Nahhh… (Gruñó con desgano) Tendría que hacer la estatua, y todo eso…
SACERDOTE: No necesariamente… Vamos a buscar una solución. ¿Qué tiene usted en su casa?
CAMPESINO: Bueno, una figura de Saturno…


CAMPESINO: Es un hombre barbudo, con un bastón, y tiene la toga romana…

Sentenció el pueblerino, mientras el cura lo miraba fijamente, antes de estallar en alegría diciendo:

SACERDOTE: Pues, no me lo va a creer… ¡El Santo Patrono de los Campesinos, es exactamente así!

El campesino, feliz como una lombriz, respondió:

CAMPESINO: ¡Guao! Esta religión es lo máximo…

Y fue así como ese Santo sin nombre, creció hasta convertirse en


San Isidro Labrador…

martes, 10 de junio de 2008

Cuando la suma es mucho menos que las partes

Recientemente salí de forma abrupta de un proyecto audiovisual en el cual me encontraba trabajando. Las razones fueron muchas, puntuales y no vienen al caso; sin embargo, todo el asunto me ha llevado a preguntarme qué pasa en el caso de la producción audiovisual venezolana, que en algún momento fue pionera en el continente junto a México y ahora ha quedado relegada muy por detrás de países como Colombia y Chile.

Especialmente digo esto porque he trabajado en TV y (en mi criterio) hay mucho talento en las plantas televisoras. Conozco muy buenos directores, escritores, actores, productores… Pero pareciera que el resultado de todo ese talento no se ve en la pantalla… Entonces viene la pregunta, ¿cómo es posible que haya buenos libretistas, actores, directores y productores y que el producto final sea malo? Respuesta: porque el sistema en el que están, no permite que ninguno de ellos puede hacer su trabajo bien.

Desde mi punto de vista, el oficio audiovisual es mucho más sencillo de lo que parece: el escritor escribe, el director dirige, el actor actúa y el productor produce… Parece fácil, ¿verdad? La realidad es que muchas empresas (no sólo en Venezuela) tienen una extraña y perversa práctica, colocar a una extraña figura que de ahora en adelante llamaré: el placebo audiovisual.

El placebo audiovisual es un ente que bien puede ser un vicepresidente, un productor ejecutivo, un gerente o (como me tocó a mí) alguien cuyo cargo ni si quiera está muy claro. En todo caso, este personaje existe para cumplir una función bastante divertida: que todo el mundo crea que la situación está bajo control. Lo peor de todo, es que esta dinámica le da todo el control a este personaje, el cual además, por lo general, no destaca en producción, dirección, actuación, ni edición; pero por alguna razón, algún dueño de medios (o de la productora) cree que es el indicado para evaluar el desempeño de todos los involucrados en la producción audiovisual. De esta forma se disminuye el riesgo de que el programa no vaya a “gustar” al público (o al cliente). O al menos eso es lo que ellos creen.

¿Y por qué lo llamo el placebo? Pues, porque precisamente es una ilusión. Nadie sabe lo que quiere el público. El negocio audiovisual es un negocio de alto riesgo; esto es una realidad económica reconocida por cualquier industria audiovisual seria. Mientas más rápido lo entienden, mejor pueden contrarrestarlo (y no ignorarlo, como otros quieren hacer).

Lo más lamentable es que bajo este esquena, el director o escritor es poco más que un chivo expiatorio. Por un lado, debe cumplir a cabalidad las órdenes del placebo audiovisual; pero por otro lado, es el culpable absoluto de cualquier desacierto… Algo así como: “si sale bien es gracias a la empresa, y si sale mal es culpa del individuo”. Una postura que, a mi juicio, es bastante lamentable.

El audiovisual es un negocio, sí… Pero también lo es, por ejemplo, el fútbol… Y eso no hace que los inversionistas le digan a los jugadores cómo hacer su trabajo. Lo que busca un equipo es, precisamente, tener a los mejores jugadores y dejarlos jugar de acuerdo a sus capacidades, algo que deberían también hacer las empresas audiovisuales. Después de todo, ¿de qué les sirve tener a los mejores actores, escritores, directores y productores, si después no los dejan hacer su trabajo?

viernes, 6 de junio de 2008

Cita de Jardiel Poncela

Por recomendación de un amigo, descubrí a un extraordinario autor llamado Enrique Jardiel Poncela. Su obra La Tournée de Dios, debe ser de las mejores sátiras jamás escritas en la lengua de Cervantes. Su prólogo, de los mejores ensayos críticos a la humanidad que he tenido la oportunidad de leer, sobretodo porque está escrito en clave de humor.

A continuación, una pequeña cita:

"No tener dinero y simpatizar con el capitalismo, eso es religiosidad también."

No sé por qué, pero me sentí muy identificado.

miércoles, 4 de junio de 2008

Ser venezolano III: ¿se puede definir?

Emilio Lovera, uno de los mejores actores y comediantes de Venezuela, tiene una genial rutina sobre la música venezolana. Sin revelar demasiado acá, puedo decir que se centra más o menos en un nivel de crítica hacia el hecho que cuando la gente piensa en “música venezolana”, inmediatamente lo asocia con música llanera, cuando en realidad existen muchísimos ritmos como los tambores, el polo, el vals, el calipso, la gaita, además del ya mencionado joropo. Eso sin contar la música que existe en cantidad de etnias indígenas que pueblan nuestro país.

¿Por qué la gente entonces asocia la “música venezolana” nada más con la llanera? Yo creo que es simplemente para tratar de facilitar el trabajo. Venezuela es un país tal vez demasiado complejo, con una historia demasiado rica (de la cual en la escuela sólo enseñan un pequeño porcentaje). Un país con una realidad tan, pero tan compleja, que termina siendo muy simple: un país donde cada quien hace lo que le da la gana.

Tal vez es algo que viene heredado desde la época precolombina. Después de todo, mientras en países como Perú o México habitaban grandes imperios que habían impuesto un idioma, una religión y una cosmogonía, el territorio que actualmente abarca Venezuela era un mosaico de una variada cantidad de etnias indígenas, de las cuales sólo sobrevive un puñado. México es el país de los Aztecas, Perú el de los Incas, Uruguay de los Charrúas, Chile de los Mapuches, Bolivia de los Aymará… ¿Y Venezuela? ¿Caribes? ¿Wayuus? ¿Pemones? ¿Piaroas? ¿Kariñas? ¿Añu? ¿O cuál de las cientos que desaparecieron?


A diferencia del proceso de colonización norteamericano, donde los ingleses llegaron a imponer simplemente su way of life hasta que los ingleses que vivían allí decidieron que era económicamente más rentable si se independizaban. Y voilá, fallece el Imperio Británico y da inicio el Imperio Norteamericano. Un país que hereda costumbres y formas de ser, transformándolas un poco, pero partiendo de una base tan rígida como la sociedad inglesa.

Venezuela, por el contrario, es un país donde las mezclas entre ideologías, razas y religiones han dado lugar a una sociedad tan heterogénea y de contrastes tan marcados que resulta casi imposible de definir. Influencias marcadas de España, África, Francia, además de un gran mosaico de etnias indígenas. Eso sin contar la reciente influencia norteamericana (o cubana, para quienes critican a esta última).

Entonces, ¿se puede definir qué nos hace venezolanos? Tal vez, precisamente, el que no queramos definirnos, sino simplemente ser. Más aún, en esta sociedad globalizada, ¿vale la pena definirnos por nacionalidades?

lunes, 19 de mayo de 2008

Ser venezolano II: ¿extrovertido a juro?

Aunque el principio de este post es intenso, la verdad es que la clasificación “junguiana” de introvertido y extrovertido es algo tan común que ya la mayoría de las personas lo utilizamos en nuestro día a día. Por si acaso, igual es bueno refrescar la memoria visitando wikipedia.

La introversión es una actitud típica que se caracteriza por la concentración del interés en los procesos internos del sujeto.

La extraversión, por el contrario, es una actitud típica que se caracteriza por la concentración del interés en un objeto externo.
Esta es una clasificación realizada por Carl Jung, el mismo tipo que introdujo a principios del siglo XX el concepto de inconsciente colectivo, otra idea que quisiera pasar a estudiar. ¿Por qué? Bueno, porque no sé si será culpa de este fenómeno social, o culpa del imaginario hollywoodense importado por nuestro país… Pero así como por alguna razón si vemos a alguien chino o japonés por alguna extraña razón suponemos que debe saber artes marciales, cuando alguien ve a un latino (y peor, cuando nosotros nos vemos a nosotros mismos) asumimos que tenemos que saber bailar, ser bonchones, despreocupados, vivos, y demás…

Si uno es del tipo de persona reflexiva, que prefiere ir a un parque a sentarse a ver a la gente pasar, o simplemente leer, no faltará que salga un amigo que trate de rescatarlo a uno de su “introspección” con la simple onomatopeya:

“¡Aaaaaaaaaaaaaayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy!”

Ante lo cual vendrá alguna invitación a tomar, salir a rumbear, conocer a una “jeva” o cualquier otra cosa que te impida “pensar demasiado”. En otras palabras, vivimos en una sociedad donde muchas veces se castiga la introversión.

Si estás en una fiesta simplemente contemplando a la gente, alguien te mirará feo si no te incorporas a la “joda”. Lo que es peor, si durante la fiesta llega a ocurrir ese fatídico momento en el que se arma la “fila de la conga” y no te unes agarrando por la cintura a quien tengas delante, entonces comenzará la inquisición… Muy probablemente serás vilipendiado, execrado y tildado como un grosero que no se quiere unir al festín de extroversión.

Dos personas lo mirarán a uno de reojo, mientras una le murmulla a la otra alguna frase que querrá decir algo como: “¿qué tendrá de raro ese sujeto que no quiere unirse a nosotros, haciendo este rito sumamente normal de bailar en trencito al ritmo de Ricardo Montaner?”.

¿Por qué debemos ser execrados si no nos gusta bailar? ¿No tenemos derecho a ser introvertidos? ¿Acaso nos quitarán nuestra nacionalidad a menos que optemos por “menear el esqueleto”, echar chistes y convertirnos en el alma de la fiesta?

Una vez más, esta reflexión continuará…

miércoles, 7 de mayo de 2008

Ser venezolano I: ¿caribeño o sudamericano?

Atardecer en Juan Griego 6

Venezuela es un país esquizofrénico, de eso no me queda la menor duda. Muchas veces me he sentido como que no pertenezco aquí, por toda una serie de razones que tal vez explicaré en otra entrada. Sin embargo, como una especie de abreboca quiero sentarme a escribir con respecto a uno de los principales dilemas a los que nos enfrentamos quienes nacimos en esta rivera del Arauca vibrador: ¿somos caribeños o sudamericanos?

Pareciera ser lo mismo, o al menos algo bastante parecido; pero no. Durante años me sentí culpable por detestar el reggaeton. Desde los canales de TV, hasta los partidos políticos utilizan el reggaeton como una forma de llegar a las clases “populares”. ¿Dónde me deja esto a mí? ¿Será que yo no soy de una clase “popular”? ¿Será que soy un pequeño burgués influenciado por el rock y los ritmos del norte? Probablemente sí, pero es aquí donde viene una de las paradojas: el reggaeton está instaladísimo en los Estados Unidos, al igual que el Hip Hop, el rap y cualquier otra cantidad de ritmos que, por parafrasear a Quico “no me simpatizan”. Por si fuera poco, la mayoría de las personas que conozco que escuchan reggaeton viven en La Unión y Cerro Verde (zonas de “alcurnia”), mientras que quienes escuchan rock (rock, y nada más que rock) viven en Catia y La Av. Fuerzas Armadas (zonas “populares”). Entonces, si no es necesariamente un asunto de clases, como algunos quieren hacer ver, ¿qué es?

El año pasado ocurrió algo que me abrió los ojos: viajé a Chile. Sí, Chile, un país sudamericano igual que el mío, donde la gente habla español, se considera latinoamericana y echa broma igual que uno…

De alguna forma me sentía más cómodo en Santiago que en Caracas. Entre otras cosas, la cartelera musical que ofrecía la ciudad era más acorde a mis gustos. Fui a una Fonda donde tuve la oportunidad de ver un concierto de Los Tres, además de escuchar cueca (no muy diferente del joropo venezolano, por cierto). Claro que cuando uno está de turista, todo se ve más “bonito”; pero este caso era diferente, era como que me sentía “en casa”.

Mural en Bellavista

La razón por la que viajé fue un seminario de guión, en el cual había personajes de muchas nacionalidades. De inmediato congenié con un grupo de uruguayos y chilenos, y también me la llevaba muy bien con los argentinos… Nos sentábamos a hablar de fútbol, de rock (tanto anglo como latino) y todo simplemente fluía… Incluso fluía más que con otros venezolanos presentes… Y fue entonces cuando me di cuenta de la razón: yo soy sudamericano. Y ustedes dirán, ¿pero todos los venezolanos no lo son? Pues claro, pero la mayoría, la gran inmensa mayoría, se sienten “caribeños”…

Me explico. Cualquiera que haya visto un mapa de Venezuela, sabe que las principales ciudades del país están en el norte, muy cerca de nuestra costa con el Mar Caribe. ¿La razón? Probablemente flojera de los conquistadores españoles, a quienes no les dio la gana de meterse demasiado al sur del país… El caso es que, tal vez por esto, nuestras ciudades tienen más relación con los países del Caribe. El acento caraqueño se parece más al cubano o dominicano que al colombiano o peruano; el “deporte nacional” es el béisbol (igual que en Cuba, República Dominicana y Puerto Rico), y los ritmos musicales predominantes son la salsa, el merengue y el reaggetón, igual que en el resto del caribe.

Así de simple. El país se divide en dos grupos:

Los caribeños: que escuchan música bailable, ven el béisbol y les encanta la playa.

Los sudamericanos: que escuchamos rock, vemos fútbol y nos encanta la montaña.

La mayoría “caribeña” controla el país. Como decía esa cuña de Maltín Polar donde salía Juan Arango: “Arango también es un líder Maltín”. El mensaje es claro: éste producto símbolo de la venezolanidad, que siempre ha patrocinado a beisbolistas grandes ligas, hace un pequeño paréntesis para darle espacio a un futbolista, pero no teman, el béisbol sigue siendo el deporte “nacional”.

Los que escuchamos rock y nos gusta el fútbol, igual que al resto de Sudamérica, ¿no tenemos también derecho a ser venezolanos? ¿Por qué tenemos que ser tratados como una excepción, casi como si estuviéramos locos? ¿Será que tenemos espacio en este país?

Esta reflexión continuará.

sábado, 3 de mayo de 2008

What’s the deal with pets?


Advertencia: este post puede herir la susceptibilidad de algunos lectores de este blog.
Recientemente fui atacado por un gato. La situación fue divertida cuando menos, aunque lamentablemente, por tratarse de un gato “domesticado” (¿que ataca?), tuve que contener mi reacción de autodefensa; en otras palabras, no pude patear al gato. No podía hacerlo simplemente porque, de haberlo hecho, probablemente me habrían botado de la casa y la dueña del gato me habría dejado de hablar.

Muchos dirán: ¡por supuesto! Pero yo la verdad, que siempre le busco las cinco patas (precisamente al gato) me puse a pensar: si la dueña y yo somos de la misma raza, ¿no debería apoyarme a mí? ¿Acaso se perdieron todos los valores que cultivamos durante la prehistoria, cuando los homo sapiens nos apoyábamos mutuamente ante el ataque de otras especies?

Tal vez el problema viene porque dejamos de ver a los animales como lo que son, y empezamos a verlos como “miembros de la familia”. Ahora, ¿cómo puede un animal de otra especie ser “miembros de la familia”? ¿No se supone que los familiares deben tener nexos de sangre, o al menos la misma cantidad de genes?

Pero mejor olvidémonos del cómo. Es evidente que el proceso de “integración” de un animal a una familia es un acto puramente psicológico, principalmente, por parte de los dueños (sí, dueños... no padres). Más importante es saber, ¿por qué alguien quiere tener a un animal metido en su casa y lo tratan como a un “miembro de la familia”?

No me malinterpreten, yo tuve mascotas. Por supuesto que no un gato, sino un perro… Y no cualquier perro. Era un pastor inglés:


Además, en esa época vivíamos en una casa y el perro tenía bastante espacio para jugar y hacer lo que quisiera. Pero más importante aún, y lo que le da sentido a que tuviera una mascota, es que yo era… ¡un niño!

Yo entiendo perfectamente que un niño quiera tener una mascota; es más, me parece que es lo más sano, y casi debería ser una obligación. Una mascota no sólo será un compañero de juegos; si le hacemos entender al infante que se trata de una criatura viviente que está a su cargo, podrá aprender importantes lecciones sobre responsabilidad, cariño, cuidados y hasta es posible que si eventualmente la mascota muera, sería una primera lección sobre el eterno ir y venir del ciclo de la vida.

Cuando era adolescente, mi hermana y una prima que vivía con nosotros decidieron pedir otro perro. Ya en esta oportunidad vivíamos en un apartamento, y yo ya estaba en otra etapa de mi vida, en la cual no me interesaba en lo más mínimo ocuparme de un perro. Además, tener al pobre animal en un apartamento era una tortura para él. Rasgaba los muebles, hacía desastres…

Lo insólito es que yo no quería tener el perro, y a veces mi hermana o mi prima me culpaban por no “aceptarlo”. Un momento, ellas peleaban con el perro todos los días para que hiciera sus necesidades en tal sitio, para que se acostumbrara a que hay un horario para las cosas, y para que respetara ciertas “normas”. Normas humanas. Es decir, ellas suprimían toda su “caninidad” para sembrarle una “humanidad” que el perro no tiene… ¡Porque es un perro! Pero era yo quien no aceptaba al perro… ¿Tiene esto algún sentido?

Al final el tiempo me dio la razón y mi madre terminó dándose por vencida y regalando el perro a unos amigos que vivían en Galipán, en una casa con un terreno muy grande, y donde esperamos que haya tenido una vida (de perro) bastante más digna.

Actualmente mi prima está casada y vive en el exterior. El matrimonio adoptó un perro, lo que me lleva a la verdadera pregunta de esta entrada, ¿para qué rayos quiere alguien adulto, ya en etapa de formar una familia, tener una mascota? ¿Será acaso para satisfacer sus instintos maternales (o paternales)? ¿No será que la sabia naturaleza nos dio estos instintos para que hagamos algo como, no sé… tener hijos? ¿O es que acaso, si no nos sentimos preparados para tener hijos, entonces decidimos tener un animal como un “simulacro”, mientras tenemos los de verdad?

Lo más terrible de este proceder es que, quien tenga un animal en la casa y después desee tener un hijo se enfrenta a un posible problema muy grave: los celos de su mascota ante esta nueva criatura viviente.


Una vez estaba de visita en una casa de familia y tuve el infortunio de ver un gato atacar a un niño de la casa. Por la reacción de la familia, no era la primera vez que pasaba, ya que al parecer el gato tenía más tiempo en la casa que el niño y sentía celos cada vez que la familia le dedicaba más tiempo al infante que a él. Lo que sí me pareció verdaderamente funesto, fue ver cómo la señora, lejos de regañar (o patear, o botar de su casa) al gato, decidió simplemente reprenderlos (a los dos, a su nieto y al gato) por la “disputa”. ¿Qué clase de problema mental debe tener alguien para tratar a su nieto, sangre de su sangre, igual que como trata a una mascota?

La conclusión de esta entrada, o al menos mi reflexión personal (tómenla o déjenla) es algo bastante evidente: las mascotas “NO” son sus “hijos” ni son seres humanos. Get over it!

Si la madre naturaleza hubiese querido que tuviesen nombres, les habría dado la capacidad de hablar y de autollamarse de alguna forma. Si quisieran que usaran ropa, les habría dado la capacidad de confeccionarla.

Ya para cerrar, si algún dueño de mascotas ignoró la advertencia al principio de esta entrada y siente que ofendí a su “pequeño”; no se preocupen, ellos no tienen la capacidad de leer y sentirse ofendidos.