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viernes, 17 de abril de 2009

Celulares y corrupción

Cada vez que Transparencia Internacional hace un estudio de índice de percepción de corrupción, Venezuela siempre aparece de último en Latinoamérica (que ya es mucho decir). En la lista general, siempre está por debajo de países africanos que están en guerra civil. Esto quiere decir que en esos países, aún en medio de bombas y tiroteos, la gente percibe que puede hacer trámites con menos trabas y "alcabalas" que los venezolanos.

Como siempre, es muy fácil culpar a los políticos por esto, aunque la cuestión de la corrupción se encuentra arraigada en cada una de nuestras actividades del día a día, como lo demuestra el cuento que les voy a echar a continuación:

Ocurrió hace más o menos tres años, cuando después de varias insistencias de la operadora telefónica a la cual estoy suscrito, me llamó para ofrecerme que me cambiara a un nuevo modelo de teléfono celular gracias a los puntos de un plan de fidelidad que tenía con ellos. La verdad no soy de los que cambian de celular a cada rato, pero un día me encontraba por cierto centro comercial caraqueño acompañando a mi familia y decidí acercarme a una de estas agencias para preguntar al respecto.

En la entrada estaba un tipo que me atendió con mucha diligencia. Le expliqué que estaba allí porque me habían llamado y quería conocer los nuevos modelos. Hasta ese entonces tenía un celular Nokia que me había funcionado muy bien, y quería cambiarlo por otro Nokia más reciente. Si bien había muchos modelos más modernos que el mío, el tipo me insistió en que ese mismo jueves iba a llegar el nuevo modelo 6265i, y que si iba a buscarlo ese día, lo podría tener nuevo de paquete. La verdad no soy de los que quiere tener el celular con más pinta, pero como el modelo tenía una cámara de dos megapíxeles y una memoria de 1GB para música, decidí esperar. De hecho como yo tenía tanto tiempo sin utilizar el plan de fidelidad, incluso ese modelo me saldría gratis.

Finalmente llegó el día jueves y me acerqué a la tienda. El tipo que me había atendido antes no estaba, pero en su lugar había una muchacha que, de entrada, no parecía tener muchas ganas de trabajar. Entonces, se dio un diálogo más o menos así:

YO: Buenas, quería saber si ya les llegó el Nokia 6265i...

VENDEDORA: Nada más tenemos en existencia los modelos que están en vitrina.

YO (Viendo la vitrina): Entonces, ¿no les ha llegado todavía?

VENDEDORA: No...

YO (Insistiendo): ¿Y no sabe cuándo le va a llegar?

VENDEDORA: No, ni idea...

YO: Es que yo vine hace unos días y hablé con (insertar nombre del vendedor anterior aquí), y él me dijo que el nuevo Nokia llegaba hoy...

La vendedora abrió los ojos y me miró desconfiada.

VENDEDORA: ¿En serio? ¿Él le dijo eso?

Luego de mirarme de arriba a abajo como para ver si yo pestañeaba o empezaba a sudar, finalmente me dio un número y me indicó que me sentara a esperar mi turno. La verdad no tenía muy claro si tenían el puto modelo o no, pero como ya había llegado hasta allá desde mi casa y el asunto me daba más o menos igual, decidí esperar y llevarme cualquier modelo que me ofrecieran. Total, era gratis.

Pasó más o menos una media hora hasta que llegó mi turno y me acerqué al vendedor que finalmente se encargaría de entregar y configurar los equipos. Seguimos:

VENDEDOR: Buenas, ¿lo puedo ayudar en algo?

YO: Sí, yo quisiera el nuevo Nokia 6265i...

VENDEDOR: Lo siento, pero ese modelo no nos ha llegado. Ahora bien, le podría sugerir que...


En este momento un siseo de la vendedora nos interrumpe. La tipa, desde el umbral de la tienda, hace un gesto que casi que podría interpretarse como una seña masónica. El hombre la ve y sin decir palabra sólo asiente con la cabeza, me pide que lo espere un momento y se marcha a la parte de atrás.

Vendedor de celulares.

Apenas un par de minutos después, el tipo sale con una pequeña caja, mirando a todos lados y con una expresión cuasi paranoide en su cara. A estas alturas yo comienzo a preocuparme. No sabía si toda la agencia era sólo una fachada para narcotráfico y pedir un "Nokia 6265i" era una contraseña para el crack... O si tal vez la gente de la operadora traficaba con coca en los teléfonos y usaba a sus desinformados clientes como mulas. El caso es que el asunto ya me comenzaba a preocupar. El tipo saca una caja blanca con el logo del fabricante finlandés y finalmente saca el teléfono... Es el modelo que yo había solicitado y que supuestamente "no tenían".

Lo que siguió fue un procedimiento estándar de compra de celular. Además al ver que el celular me salía gratis porque tenía un buen saldo de usuario, me trataron muy amablemente y me fui contrariado. Por un lado estaba contento porque había conseguido el modelo, pero por otro lado, no sabía si tenía cocaína adentro.

¿Por qué los tipos insistían en que no tenían un modelo que sí tenían? ¿Acaso los estaban guardando para sus panas? Si ese era el caso, ¿por qué el primer vendedor me pasó el dato? ¿Será que me consideraba "pana"? ¿Y si el tipo no me consideraba "pana", entonces yo me quedaba sin el teléfono porque "no les había llegado"? Y yo, ¿había cometido alguna falta o chanchullo sin darme cuenta?

Supongo que jamás tendré la respuesta para estas preguntas. Lo que sí sé es que muy probablemente esos vendedores llegaron esa noche a sus casas a quejarse de la situación del país, que en los ministerios todo el mundo es corrupto y todo es un chanchullo. Motivo de reflexión.

miércoles, 4 de junio de 2008

Ser venezolano III: ¿se puede definir?

Emilio Lovera, uno de los mejores actores y comediantes de Venezuela, tiene una genial rutina sobre la música venezolana. Sin revelar demasiado acá, puedo decir que se centra más o menos en un nivel de crítica hacia el hecho que cuando la gente piensa en “música venezolana”, inmediatamente lo asocia con música llanera, cuando en realidad existen muchísimos ritmos como los tambores, el polo, el vals, el calipso, la gaita, además del ya mencionado joropo. Eso sin contar la música que existe en cantidad de etnias indígenas que pueblan nuestro país.

¿Por qué la gente entonces asocia la “música venezolana” nada más con la llanera? Yo creo que es simplemente para tratar de facilitar el trabajo. Venezuela es un país tal vez demasiado complejo, con una historia demasiado rica (de la cual en la escuela sólo enseñan un pequeño porcentaje). Un país con una realidad tan, pero tan compleja, que termina siendo muy simple: un país donde cada quien hace lo que le da la gana.

Tal vez es algo que viene heredado desde la época precolombina. Después de todo, mientras en países como Perú o México habitaban grandes imperios que habían impuesto un idioma, una religión y una cosmogonía, el territorio que actualmente abarca Venezuela era un mosaico de una variada cantidad de etnias indígenas, de las cuales sólo sobrevive un puñado. México es el país de los Aztecas, Perú el de los Incas, Uruguay de los Charrúas, Chile de los Mapuches, Bolivia de los Aymará… ¿Y Venezuela? ¿Caribes? ¿Wayuus? ¿Pemones? ¿Piaroas? ¿Kariñas? ¿Añu? ¿O cuál de las cientos que desaparecieron?


A diferencia del proceso de colonización norteamericano, donde los ingleses llegaron a imponer simplemente su way of life hasta que los ingleses que vivían allí decidieron que era económicamente más rentable si se independizaban. Y voilá, fallece el Imperio Británico y da inicio el Imperio Norteamericano. Un país que hereda costumbres y formas de ser, transformándolas un poco, pero partiendo de una base tan rígida como la sociedad inglesa.

Venezuela, por el contrario, es un país donde las mezclas entre ideologías, razas y religiones han dado lugar a una sociedad tan heterogénea y de contrastes tan marcados que resulta casi imposible de definir. Influencias marcadas de España, África, Francia, además de un gran mosaico de etnias indígenas. Eso sin contar la reciente influencia norteamericana (o cubana, para quienes critican a esta última).

Entonces, ¿se puede definir qué nos hace venezolanos? Tal vez, precisamente, el que no queramos definirnos, sino simplemente ser. Más aún, en esta sociedad globalizada, ¿vale la pena definirnos por nacionalidades?

lunes, 19 de mayo de 2008

Ser venezolano II: ¿extrovertido a juro?

Aunque el principio de este post es intenso, la verdad es que la clasificación “junguiana” de introvertido y extrovertido es algo tan común que ya la mayoría de las personas lo utilizamos en nuestro día a día. Por si acaso, igual es bueno refrescar la memoria visitando wikipedia.

La introversión es una actitud típica que se caracteriza por la concentración del interés en los procesos internos del sujeto.

La extraversión, por el contrario, es una actitud típica que se caracteriza por la concentración del interés en un objeto externo.
Esta es una clasificación realizada por Carl Jung, el mismo tipo que introdujo a principios del siglo XX el concepto de inconsciente colectivo, otra idea que quisiera pasar a estudiar. ¿Por qué? Bueno, porque no sé si será culpa de este fenómeno social, o culpa del imaginario hollywoodense importado por nuestro país… Pero así como por alguna razón si vemos a alguien chino o japonés por alguna extraña razón suponemos que debe saber artes marciales, cuando alguien ve a un latino (y peor, cuando nosotros nos vemos a nosotros mismos) asumimos que tenemos que saber bailar, ser bonchones, despreocupados, vivos, y demás…

Si uno es del tipo de persona reflexiva, que prefiere ir a un parque a sentarse a ver a la gente pasar, o simplemente leer, no faltará que salga un amigo que trate de rescatarlo a uno de su “introspección” con la simple onomatopeya:

“¡Aaaaaaaaaaaaaayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy!”

Ante lo cual vendrá alguna invitación a tomar, salir a rumbear, conocer a una “jeva” o cualquier otra cosa que te impida “pensar demasiado”. En otras palabras, vivimos en una sociedad donde muchas veces se castiga la introversión.

Si estás en una fiesta simplemente contemplando a la gente, alguien te mirará feo si no te incorporas a la “joda”. Lo que es peor, si durante la fiesta llega a ocurrir ese fatídico momento en el que se arma la “fila de la conga” y no te unes agarrando por la cintura a quien tengas delante, entonces comenzará la inquisición… Muy probablemente serás vilipendiado, execrado y tildado como un grosero que no se quiere unir al festín de extroversión.

Dos personas lo mirarán a uno de reojo, mientras una le murmulla a la otra alguna frase que querrá decir algo como: “¿qué tendrá de raro ese sujeto que no quiere unirse a nosotros, haciendo este rito sumamente normal de bailar en trencito al ritmo de Ricardo Montaner?”.

¿Por qué debemos ser execrados si no nos gusta bailar? ¿No tenemos derecho a ser introvertidos? ¿Acaso nos quitarán nuestra nacionalidad a menos que optemos por “menear el esqueleto”, echar chistes y convertirnos en el alma de la fiesta?

Una vez más, esta reflexión continuará…

miércoles, 7 de mayo de 2008

Ser venezolano I: ¿caribeño o sudamericano?

Atardecer en Juan Griego 6

Venezuela es un país esquizofrénico, de eso no me queda la menor duda. Muchas veces me he sentido como que no pertenezco aquí, por toda una serie de razones que tal vez explicaré en otra entrada. Sin embargo, como una especie de abreboca quiero sentarme a escribir con respecto a uno de los principales dilemas a los que nos enfrentamos quienes nacimos en esta rivera del Arauca vibrador: ¿somos caribeños o sudamericanos?

Pareciera ser lo mismo, o al menos algo bastante parecido; pero no. Durante años me sentí culpable por detestar el reggaeton. Desde los canales de TV, hasta los partidos políticos utilizan el reggaeton como una forma de llegar a las clases “populares”. ¿Dónde me deja esto a mí? ¿Será que yo no soy de una clase “popular”? ¿Será que soy un pequeño burgués influenciado por el rock y los ritmos del norte? Probablemente sí, pero es aquí donde viene una de las paradojas: el reggaeton está instaladísimo en los Estados Unidos, al igual que el Hip Hop, el rap y cualquier otra cantidad de ritmos que, por parafrasear a Quico “no me simpatizan”. Por si fuera poco, la mayoría de las personas que conozco que escuchan reggaeton viven en La Unión y Cerro Verde (zonas de “alcurnia”), mientras que quienes escuchan rock (rock, y nada más que rock) viven en Catia y La Av. Fuerzas Armadas (zonas “populares”). Entonces, si no es necesariamente un asunto de clases, como algunos quieren hacer ver, ¿qué es?

El año pasado ocurrió algo que me abrió los ojos: viajé a Chile. Sí, Chile, un país sudamericano igual que el mío, donde la gente habla español, se considera latinoamericana y echa broma igual que uno…

De alguna forma me sentía más cómodo en Santiago que en Caracas. Entre otras cosas, la cartelera musical que ofrecía la ciudad era más acorde a mis gustos. Fui a una Fonda donde tuve la oportunidad de ver un concierto de Los Tres, además de escuchar cueca (no muy diferente del joropo venezolano, por cierto). Claro que cuando uno está de turista, todo se ve más “bonito”; pero este caso era diferente, era como que me sentía “en casa”.

Mural en Bellavista

La razón por la que viajé fue un seminario de guión, en el cual había personajes de muchas nacionalidades. De inmediato congenié con un grupo de uruguayos y chilenos, y también me la llevaba muy bien con los argentinos… Nos sentábamos a hablar de fútbol, de rock (tanto anglo como latino) y todo simplemente fluía… Incluso fluía más que con otros venezolanos presentes… Y fue entonces cuando me di cuenta de la razón: yo soy sudamericano. Y ustedes dirán, ¿pero todos los venezolanos no lo son? Pues claro, pero la mayoría, la gran inmensa mayoría, se sienten “caribeños”…

Me explico. Cualquiera que haya visto un mapa de Venezuela, sabe que las principales ciudades del país están en el norte, muy cerca de nuestra costa con el Mar Caribe. ¿La razón? Probablemente flojera de los conquistadores españoles, a quienes no les dio la gana de meterse demasiado al sur del país… El caso es que, tal vez por esto, nuestras ciudades tienen más relación con los países del Caribe. El acento caraqueño se parece más al cubano o dominicano que al colombiano o peruano; el “deporte nacional” es el béisbol (igual que en Cuba, República Dominicana y Puerto Rico), y los ritmos musicales predominantes son la salsa, el merengue y el reaggetón, igual que en el resto del caribe.

Así de simple. El país se divide en dos grupos:

Los caribeños: que escuchan música bailable, ven el béisbol y les encanta la playa.

Los sudamericanos: que escuchamos rock, vemos fútbol y nos encanta la montaña.

La mayoría “caribeña” controla el país. Como decía esa cuña de Maltín Polar donde salía Juan Arango: “Arango también es un líder Maltín”. El mensaje es claro: éste producto símbolo de la venezolanidad, que siempre ha patrocinado a beisbolistas grandes ligas, hace un pequeño paréntesis para darle espacio a un futbolista, pero no teman, el béisbol sigue siendo el deporte “nacional”.

Los que escuchamos rock y nos gusta el fútbol, igual que al resto de Sudamérica, ¿no tenemos también derecho a ser venezolanos? ¿Por qué tenemos que ser tratados como una excepción, casi como si estuviéramos locos? ¿Será que tenemos espacio en este país?

Esta reflexión continuará.