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sábado, 3 de mayo de 2008

What’s the deal with pets?


Advertencia: este post puede herir la susceptibilidad de algunos lectores de este blog.
Recientemente fui atacado por un gato. La situación fue divertida cuando menos, aunque lamentablemente, por tratarse de un gato “domesticado” (¿que ataca?), tuve que contener mi reacción de autodefensa; en otras palabras, no pude patear al gato. No podía hacerlo simplemente porque, de haberlo hecho, probablemente me habrían botado de la casa y la dueña del gato me habría dejado de hablar.

Muchos dirán: ¡por supuesto! Pero yo la verdad, que siempre le busco las cinco patas (precisamente al gato) me puse a pensar: si la dueña y yo somos de la misma raza, ¿no debería apoyarme a mí? ¿Acaso se perdieron todos los valores que cultivamos durante la prehistoria, cuando los homo sapiens nos apoyábamos mutuamente ante el ataque de otras especies?

Tal vez el problema viene porque dejamos de ver a los animales como lo que son, y empezamos a verlos como “miembros de la familia”. Ahora, ¿cómo puede un animal de otra especie ser “miembros de la familia”? ¿No se supone que los familiares deben tener nexos de sangre, o al menos la misma cantidad de genes?

Pero mejor olvidémonos del cómo. Es evidente que el proceso de “integración” de un animal a una familia es un acto puramente psicológico, principalmente, por parte de los dueños (sí, dueños... no padres). Más importante es saber, ¿por qué alguien quiere tener a un animal metido en su casa y lo tratan como a un “miembro de la familia”?

No me malinterpreten, yo tuve mascotas. Por supuesto que no un gato, sino un perro… Y no cualquier perro. Era un pastor inglés:


Además, en esa época vivíamos en una casa y el perro tenía bastante espacio para jugar y hacer lo que quisiera. Pero más importante aún, y lo que le da sentido a que tuviera una mascota, es que yo era… ¡un niño!

Yo entiendo perfectamente que un niño quiera tener una mascota; es más, me parece que es lo más sano, y casi debería ser una obligación. Una mascota no sólo será un compañero de juegos; si le hacemos entender al infante que se trata de una criatura viviente que está a su cargo, podrá aprender importantes lecciones sobre responsabilidad, cariño, cuidados y hasta es posible que si eventualmente la mascota muera, sería una primera lección sobre el eterno ir y venir del ciclo de la vida.

Cuando era adolescente, mi hermana y una prima que vivía con nosotros decidieron pedir otro perro. Ya en esta oportunidad vivíamos en un apartamento, y yo ya estaba en otra etapa de mi vida, en la cual no me interesaba en lo más mínimo ocuparme de un perro. Además, tener al pobre animal en un apartamento era una tortura para él. Rasgaba los muebles, hacía desastres…

Lo insólito es que yo no quería tener el perro, y a veces mi hermana o mi prima me culpaban por no “aceptarlo”. Un momento, ellas peleaban con el perro todos los días para que hiciera sus necesidades en tal sitio, para que se acostumbrara a que hay un horario para las cosas, y para que respetara ciertas “normas”. Normas humanas. Es decir, ellas suprimían toda su “caninidad” para sembrarle una “humanidad” que el perro no tiene… ¡Porque es un perro! Pero era yo quien no aceptaba al perro… ¿Tiene esto algún sentido?

Al final el tiempo me dio la razón y mi madre terminó dándose por vencida y regalando el perro a unos amigos que vivían en Galipán, en una casa con un terreno muy grande, y donde esperamos que haya tenido una vida (de perro) bastante más digna.

Actualmente mi prima está casada y vive en el exterior. El matrimonio adoptó un perro, lo que me lleva a la verdadera pregunta de esta entrada, ¿para qué rayos quiere alguien adulto, ya en etapa de formar una familia, tener una mascota? ¿Será acaso para satisfacer sus instintos maternales (o paternales)? ¿No será que la sabia naturaleza nos dio estos instintos para que hagamos algo como, no sé… tener hijos? ¿O es que acaso, si no nos sentimos preparados para tener hijos, entonces decidimos tener un animal como un “simulacro”, mientras tenemos los de verdad?

Lo más terrible de este proceder es que, quien tenga un animal en la casa y después desee tener un hijo se enfrenta a un posible problema muy grave: los celos de su mascota ante esta nueva criatura viviente.


Una vez estaba de visita en una casa de familia y tuve el infortunio de ver un gato atacar a un niño de la casa. Por la reacción de la familia, no era la primera vez que pasaba, ya que al parecer el gato tenía más tiempo en la casa que el niño y sentía celos cada vez que la familia le dedicaba más tiempo al infante que a él. Lo que sí me pareció verdaderamente funesto, fue ver cómo la señora, lejos de regañar (o patear, o botar de su casa) al gato, decidió simplemente reprenderlos (a los dos, a su nieto y al gato) por la “disputa”. ¿Qué clase de problema mental debe tener alguien para tratar a su nieto, sangre de su sangre, igual que como trata a una mascota?

La conclusión de esta entrada, o al menos mi reflexión personal (tómenla o déjenla) es algo bastante evidente: las mascotas “NO” son sus “hijos” ni son seres humanos. Get over it!

Si la madre naturaleza hubiese querido que tuviesen nombres, les habría dado la capacidad de hablar y de autollamarse de alguna forma. Si quisieran que usaran ropa, les habría dado la capacidad de confeccionarla.

Ya para cerrar, si algún dueño de mascotas ignoró la advertencia al principio de esta entrada y siente que ofendí a su “pequeño”; no se preocupen, ellos no tienen la capacidad de leer y sentirse ofendidos.

domingo, 6 de abril de 2008

La estrategia de la deshumanización


Cuando era chamo me encantaba Transformers. Ahora bien, por alguna razón que no podía entender, de alguna forma extraña Optimus Prime me daba miedo… casi más miedo que Megatron. La razón la entendí hace poco cuando vi la versión de Michael Bay, y me di cuenta que habían transformado a Megatrón, según explicaba el diseñador de producción, “para darle una imagen menos antropomorfa”.

La razón es muy evidente. Los seres humanos nos solidarizamos con cualquier cosa que parezca humana. En las películas de Pixar cualquier objeto puede adquirir cualidades humanas por razón muy particular: que nos importe y que nos afecte cualquier cosa que le pase. Pero en el otro lado de la moneda se encuentra una estrategia bastante más perversa: la deshumanización.

Un ejemplo muy puntual. Para aquellos que siguen la saga de La Guerra de las Galaxias, verán cómo en los Episodios 2 y 3, cuando los clones son “buenos”, nos cansamos de verlos hablando sin su casco (aún en el campo de batalla por cierto) con la finalidad de que como espectadores nos conectemos con ellos. Tienen que ser buenos, porque son como nosotros. Tan pronto a finales del Episodio III se vuelven “malos”, más nunca en el resto de los Episodios les volvemos a ver la cara. La intención: que nos olvidemos de que son seres humanos.

Otro caso es la película Top Gun. En la lucha aérea entre gringos y rusos, F-16 contra Migs, podemos ver a los pilotos gringos con sus cascos cool; pero más importante aún, podemos ver sus ojos, sus expresiones y entender lo que dicen. Los pilotos rusos se limitan a unos cascos completamente impersonales que no nos dejan ver las cualidades humanas de los pilotos, quienes murmullan un ruso inentendible, casi como un ruido de insectos… ¿La razón? Que nos preocupe si le pasa algo al pobre de Tom Cruise, pero que nos de lo mismo si vuelan a uno de esos anónimos pilotos rusos…

Mike Myers se burla muy bien del asunto en Austin Powers: International Man of Mystery cuando ajustician a cualquier extra secuaz del malvado y vamos a una escena donde vemos a la familia o a un grupo de amigos recibiendo la fatídica noticia. “Nadie se preocupa de nosotros, los familiares de los secuaces”, dice una sollozante esposa mientras abraza a su hijo.

¿Tiene algún punto este post? Bueno, tal vez recordar que cuando queramos echarle la culpa de todo a las “malvadas corporaciones” hay que recordar que éstas no son seres abstractos que toman decisiones, sino que están lideradas por seres humanos, nos guste o no. Igual ocurre con los políticos, los empleados, los consumidores, los espectadores, los de derecha, los de izquierda, los asaltantes, los asaltados, los militares, los secuestrados, los empresarios… Cada uno de ellos portador de una etiqueta destinada a ver a un ser humano como un número más, o como diría Pink Floyd, “otro ladrillo en el muro”.

Más terrible y preocupante es cuando es el mismo ser humano quien decide “deshumanizarse” y no sólo ve a los demás de esta forma, sino que se ve a sí mismo así. El individuo se diluye, pero no para entregarse al colectivo, sino para poner su “humanidad” o su vida al servicio de un partido político, una ideología o peor… ¡una empresa! ¿No deberían ser las ideologías, las empresas y los partidos políticos los que estén al servicio de nuestra humanidad?

jueves, 13 de diciembre de 2007

El verdadero saqueo

Gran parte de la opinión pública nacional (y diría yo, hasta continental) maneja la creencia de que la diferencia entre los países “desarrollados” y los países “en vías de desarrollo” tiene su causa en que los primeros saquean los recursos de los segundos. Yo creo que es verdad. Lo que en mi opinión merece una profunda reflexión es precisamente el apartado referido a los “recursos”.

En pleno comienzo del siglo 21, la mayoría del planeta ha dejado atrás conceptos como el mercantilismo para dar paso a la sociedad del conocimiento. Este concepto, que da preponderancia al capital humano como el recurso más valioso que tiene un país, parece darle cierto espacio humanista al tradicional enfoque tecnócrata del capitalismo.

Yo creo que este nuevo tipo de pensamiento tiene bastante razón, y para ello me remito al caso particular de Japón. Es una de de las economías más poderosas del mundo (incluso forma parte del G8), y se encuentra en una pequeña isla que apenas y tiene riquezas naturales. De todos los miembros del G8, Japón es probablemente el país con menor cantidad de superficie dedicada a la agricultura, y sin embargo es uno de los que más produce. ¿La razón? Tecnología de punta. Es así como el principal recurso de Japón no es el aluminio, ni el cobre, ni el petróleo, y ni si quiera el suelo fértil. Su recurso más preciado es su población; es decir, los japoneses... y de ésos sí que tienen bastantes.



En nuestro país, lamentablemente las elites económicas y políticas siguen dándole un enfoque bastante mercantilista al tema de los recursos. Nos meten entre ceja y ceja que somos un país rico porque tenemos petróleo, como si eso fuese el recurso más importante de nuestro país. Caso a estudiar, el paro petrolero del año 2002, cuando en represalia por este paro político fueron despedidos millares de trabajadores del sector. Contrario a las aspiraciones vengativas de la medida, muchos de ellos se encuentran en mejores condiciones laborales, trabajando en petroleras de otras latitudes y ayudando al desarrollo de otros países.

Cuando yo pienso que las grandes potencias del mundo saquean nuestro recurso más preciado, no me refiero ni al petróleo, ni al aluminio ni a nuestra selva amazónica. Las grandes potencias nos están quitando todo nuestro personal calificado, en gran parte por el conformismo de unas empresas a las que no les interesa invertir más en el bienestar de sus trabajadores, y en parte por un gobierno que promueve el éxodo de cualquiera que no proclame el eslogan de “patria, socialismo y muerte”.

Mientras siga el enfrentamiento político, la inseguridad y el desempleo, probablemente muchos venezolanos calificados decidirán emigrar, y países como Canadá y Australia seguirán haciendo su agosto llevándose a nuestra población calificada. No nos extrañe entonces que la brecha entre los países ricos y pobres siga creciendo, puesto que los países grandes se llevan a nuestro recurso más preciado: los venezolanos.